Un relato de los orígenes del Panno Casentino, a través de las palabras del historiador y arqueólogo Prof. Armando Cherici.
La historia está a menudo escrita en el paisaje, sobre todo en lugares donde el paisaje y la historia han generado vida y cultura.
Así ocurre en el Casentino, tierra bien conocida por Dante, que en su obra maestra recordaba «Li ruscelletti che d’i verdi colli / … discendon giuso in Arno» (los arroyuelos que desde las verdes colinas descienden hacia el Arno). El gran poeta logra encerrar en apenas dos versos todo un paisaje, toda una historia, toda una cultura, toda una economía: realidades tan vivas hoy como entonces.
Las verdes colinas, las amplias praderas que coronan esta tierra eran el lugar donde, de la primavera al otoño, prosperaban los rebaños que durante siglos ofrecieron lo que en el pasado era un verdadero oro blanco: la lana. En una época en la que protegerse de las inclemencias del tiempo era vital, y mucho más difícil que ahora, la lana hilada proporcionaba tejidos que protegían bien del frío, incluso mojados por la lluvia. Además, contra la lluvia y la nieve, los paños de lana del Casentino se sometían a procesos mecánicos que garantizaban su impermeabilidad: la energía para este largo tratamiento la proporcionaba la fuerza motriz de aquellos arroyuelos y del Arno. Una simbiosis virtuosa, una sinergia que convirtió al Casentino en una de las fuentes de riqueza de la industria más importante de la ciudad que, de esa riqueza, hizo brotar el Humanismo y el Renacimiento: Florencia.
El Arte della Lana, la más poderosa de las «industrias» florentinas desde los tiempos de Dante, aseguró bienestar, y por tanto cultura, también al Casentino: pero ya la densa red de iglesias románicas (pievi) nos habla de una tierra próspera, al igual que las obras de arte que albergan. Todo un santuario, La Verna, fue financiado por el Arte della Lana, como también la espléndida serie de obras de los Della Robbia: hay más en el Casentino que en la propia ciudad donde los Della Robbia tenían su taller, Florencia.
En aquella época, el paño Casentino vestía a los señores: gracias a la calidad de la lana y al particular proceso al que se sometía, accionado por la energía de los cursos de agua –el ratinado (rattinatura)–, el vello superficial se agrupaba en rizos que, además de ser característicos y agradables a la vista, creaban pequeñas bolsas de aire que –hoy como entonces– retienen el calor corporal y hacen que el tejido sea cálido, resistente y parcialmente impermeable. Rizos que lucían en las prendas de la clase dominante, hasta el punto de ser descritos con esmero en los retratos, como el que, a principios del siglo XVI, Agnolo Bronzino realiza del humanista Lorenzo Lenzi. Observen el pecho y los rizos del hombro, deliberadamente resaltados sobre el fondo claro y uniforme.
Es solo un momento de la larga historia de un tejido que, en tiempos más recientes, evoca la Edad Media con su sólida concreción: Piero Gherardi, el genial figurinista de una película de culto como L’armata Brancaleone, utiliza piezas compradas en Stia, precisamente en TACS, para vestir a sus héroes. Pero estos paños hablan también a la actualidad, a la moda: en esos mismos años, de nuevo el cine viste con Casentino a esa quintaesencia de la elegancia que era Audrey Hepburn: en Desayuno con diamantes, un abriguito que se volvió icónico, por su corte y su color, creado por Hubert de Givenchy.
Un tejido, un territorio y la historia: cosas que en el paño Casentino podemos acariciar, y que en el Casentino aún podemos vivir.